<<Con más frecuencia de la deseada tuvo que escuchar el filósofo y
matemático Bertrand Russell la siguiente pregunta: “¿Qué le parece más
importante, la ética o la religión?”. Con su habitual desparpajo y
contundencia, dejó caer la siguiente respuesta: “He recorrido bastantes
países pertenecientes a diversas culturas; en ninguno de ellos me
preguntaron por mi religión, pero en ninguno de esos lugares me
permitieron robar, matar, mentir o cometer actos deshonestos”.>>
>>De esta forma tan gráfica defendía Russell una tesis a la que dedicó
no pocas energías: sin religión se puede vivir; sin ética, no. No será
difícil estar de acuerdo con él. Pero probablemente él era consciente de
que los mínimos éticos que señala —no matar, no robar, no mentir, no
cometer actos deshonestos— nos llegan, también, como legado de grandes
espíritus religiosos como Buda, Confucio, Moisés, Jesús o Mahoma. Es
decir: la ética y la religión han tendido a darse la mano, a caminar
juntas, a aunar esfuerzos. De hecho, el 83% de los seres humanos vincula
su quehacer ético con su pertenencia a alguna de las 10.000 religiones
existentes en nuestro planeta.
>>Esta decidida voluntad de cooperación no ha evitado roces y trifulcas
entre ética y religión. [...]>>
>>[...]>>
>>No es cierto que la ética empiece allí donde termina la religión. Tradicionalmente hemos responsabilizado a la ética del qué debemos hacer y hemos reservado a la religión la tarea de administrar el qué nos cabe esperar;
pero es muy probable que tal división de tareas no sea pertinente. Lo
que de veras intentaron siempre tanto la ética como la religión fue
presentar un cuadro inteligible [comprensible] de la vida sobre la tierra.>>
>>Ni la ética trata solo de la rectitud de las acciones humanas, ni la
religión se refiere únicamente a la relación de los seres humanos con
sus dioses. Ambas apuntan hacia una inteligibilidad más global, más
abarcadora. Ambas buscan, con similar tenacidad, el sentido de la vida.
Alguien ha dicho que el término esperanza las engloba a las
dos. En efecto: quien se atreve a pronunciar la palabra esperanza —“el
sueño de un vigilante” la llamó Aristóteles— está hablando, al menos
implícitamente, de ética y religión. Estamos ante dos saberes, de tono
casi melancólico, que se atreven a insinuar frágiles esperanzas que
nunca podrán fundamentar plenamente.>>
>>[...]>>
>>“Hay capítulos de la ética”, reconocía Aranguren, el gran maestro de
la ética en España, “que no sabría cómo abordar si, de algún modo, no lo
hago desde la religión”. Y ponía como ejemplo la solidaridad, a la que
consideraba “heredera de la fraternidad cristiana”. Aranguren defendió
siempre, como lo hacía Bloch y gran parte de la tradición filosófica
occidental, la apertura de la ética a la religión. Esto no significa que
ética y religión terminen por identificarse. Es cierto que,
probablemente, todas las religiones predican a sus fieles: haz el bien,
evita el mal. Todas se atienen a la regla de oro: “Trata a los demás
como desees que te traten a ti”. El rabino Hillel condensaba el núcleo
ético de todas las religiones en una fórmula tan sencilla como
grandiosa: “Sé bueno, hijo mío”. Pero no todo en la religión es ética o
moralidad. La actitud religiosa tiene que ver con el misterio, con el
sobrecogimiento, con la adoración, con la alabanza, con la entrega.>>
>>La apertura de la ética a la religión tampoco significa que la ética
no sepa caminar sola a la hora de determinar y fijar los valores
morales. La experiencia muestra lo contrario: con frecuencia, las
grandes conquistas éticas de la modernidad se lograron a pesar de la
oposición frontal de la religión —mejor sería decir de las Iglesias—. La
ética es autónoma, no depende de la religión; pero saldrá ganando si
acepta los impulsos válidos que esta le ofrezca.>>
>>Finalmente, esa apertura no significa que la ética pida a la religión que le preste
a su Dios para lograr así una perfecta fundamentación de sus normas. [...]>>
>>[...]>>
>>La religión espera contra toda esperanza escenarios finales
benévolos, salvados; la ética interroga pertinazmente a la religión
sobre el fundamento de esa esperanza; la religión, a su vez, remite al
misterio, al silencio; y, como la ética también conoce la palabra misterio y sabe de silencios, ambas terminan llevándose bien.>>
Manuel Fraijó es catedrático de Filosofía de la Religión en la UNED.