El autor de la Crónicas de Narnia, C. S. Lewis, escribió en 1955 uno de los libros de la saga, El sobrino del mago. Es un libro introductorio donde nos cuenta como se creó aquel mundo fantástico de leones y ratones parlantes, centauros y faunos guerreros. Me resultó curioso aunque también poco atrayente. Lo que si me llamó poderosamente la atención fue la figura de la reina Jadis, la Bruja Blanca de los restantes libros. Es una figura fascinante y aterradora que recoge en su seno la megalomanía y la hipersuperioridad sin escrúpulos de los grandes monstruos de la primera mitad del siglo XX (Hitler y Stalin) y el afán destructivo de la era atómica. No hay limitaciones ni normas que restrinjan sus ambiciones e intereses, todos somos prescindibles para ella. No somos más que meros objetos sin importancia. Si os digo que el libro fue escrito diez años después del fin de la Segunda Guerra Mundial ¿os extrañaría?
<<-Contemplad bien lo que ningún ojo volverá a ver nunca jamás -anunció la reina-. Esto era Charn, la gran ciudad, la ciudad del Gran Rey, el asombro del mundo, tal vez de todos los mundos. ¿Gobierna tu tío una ciudad tan grande como ésta, muchacho?
-No -respondió Digory.
Estaba a punto de explicar que el tío Andrew no gobernaba ninguna ciudad, pero ella siguió diciendo:
-Ahora está en silencio. Sin embargo, yo he estado aquí cuando el aire estaba lleno de los ruidos de Charn; el sonido de las pisadas, el crujido de las ruedas, el chasquear de los látigos y el gemir de los esclavos, el retumbar de los carruajes, y el golpear de los tambores para los sacrificios de los templos. He estado aquí, pero eso fue cerca del final, cuando el tronar de la batalla emergió de todas las calles y el río de Charn fluyó rojo. -Hizo una pausa y añadió-: En un solo instante una mujer la aniquiló para siempre.
-¿Quién? -inquirió Digory con voz desfallecida; pero ya había adivinado la respuesta.
-Yo -declaró la reina-. Yo, Jadis, la última reina, pero la Reina del Mundo.
Los dos niños permanecieron callados, temblando por el aire helado.
-Fue culpa de mi hermana- siguió ella-. Me empujó a hacerlo. ¡Que la maldición de todos los Poderes caiga sobre ella para siempre! Yo estaba dispuesta a firmar la paz en cualquier momento; sí, y a perdonarle la vida también, si me hubiera entregado el trono. Pero no quiso. Su orgullo ha destruido el mundo entero. Incluso después del inicio de la guerra, se hizo una solemne promesa de que ningún bando utilizaría la magia. Sin embargo, cuando ella rompió su promesa, ¿qué podía hacer yo? ¡Estúpida! ¡Cómo si no supiera que poseía más magia que ella! Incluso sabía que yo tenía el secreto de la Palabra Deplorable. ¿Pensaba acaso, pues siempre fue un ser débil, que no la utilizaría?
-¿Cuál era? -quiso saber Digory.
-Ése era el mayor secreto de todos los secretos -respondió la reina Jadis-. Desde tiempos inmemoriales los grandes reyes de nuestra raza habían sabido que existía una palabra que, si se pronunciaba con el ceremonial adecuado, destruiría a todos los seres vivos excepto al que la pronunciase. Sin embargo, los antiguos reyes eran débiles y blandos y, mediante terribles juramentos, se obligaron a sí mismos y a todos los que les sucedieron a no intentar averiguar jamás cuál era esa palabra. Pero yo la aprendí en un lugar recóndito y pagué un precio altísimo por ella. No la usé hasta que ella me obligó a hacerlo. Intenté derrotarla por todos los medios posibles. Vertí la sangre de mis ejércitos como si fuera agua...
-¡Sabandija! -masculló Polly.
-La última gran batalla -prosiguió la mujer- se prolongó encarnizadamente durante tres días aquí, en la misma Charn. Durante tres días contemplé los combates desde este mismo sitio. No utilicé mi poder hasta que no hubo caído el último de mis soldados, y la miserable mujer, mi hermana, a la cabeza de sus rebeldes, había ascendido ya la mitad de esa gran escalinata que conduce desde la ciudad al mirador. Entonces aguardé hasta que estuvimos tan cerca que podíamos vernos las caras. Sus perversos y horribles ojos centellearon sobre mi persona y dijo: <<Victoria>>. <<Sí>> respondí, <<victoria, pero no para tí.>>Entonces pronuncié la Palabra Deplorable. Al cabo de un instante yo era el único ser vivo bajo el sol.
-Pero ¿y la gente? -preguntó Digory con voz entrecortada.
-¿Qué gente, muchacho?
-Toda la gente de a pie -dijo Polly- que no le había hecho a usted ningún daño. ¿Y las mujeres, los niños y los animales?
-¿Es que no lo comprendes? -replicó la reina que se dirigía siempre a Digory únicamente-. Yo era la reina. Todos eran mis súbditos. ¿Para qué otra cosa servían si no era para cumplir mi voluntad?
-Pues vaya mala suerte tuvieron -indicó él.
-Había olvidado que no eres más que un muchacho vulgar. ¿Cómo podría comprender las razones de Estado? Debes aprender, niño, que lo que podría resultar incorrecto para ti o para cualquier persona corriente no lo es para una gran reina como yo. El peso del mundo descansa sobre nuestros hombros, y por lo tanto debemos estar libres de toda regla. El nuestro es un destino sublime y solitario.>>
LEWIS, C.S. Las crónicas de Narnia. El sobrino del mago, Barcelona, Destino, 2006, pp. 85-89.